sábado, 12 de marzo de 2016

Descuido



Ana Amorós

La pequeña Maite, asustada por la discusión de sus padres, sale al frente de la humilde casa de su abuela materna. Su corazón palpita muy fuerte, apenas tiene tres años. El lugar está rodeado de maderas, un portón vetusto y pesado impide la salida.

Intenta abrir ese mastodonte que frente a su fragilidad se le ocurre enorme; tira una y otra vez, hasta que un dolor imposible de aguantar se apodera de ella.

Sus gritos se oyen desde el comedor de la casa donde estaban sus progenitores y abuela.

Pedro, su padre, la encontró hecha un  mar de llanto tembloroso, mirando alucinada su dedo pulgar atascado. 

El hombre, realmente angustiado, abre el portón y observa con terror la diminuta mano de su hija. Atina a llevarla a la cocina, lavarle la manito y sin pensarlo mucho se la venda con lo primero que encuentra. Sale corriendo con su preciado tesoro en brazos, sin querer mirar más, un sudor frío le recorre el cuerpo y el sentimiento de culpa lo carcome.

La niña no cesa de llorar y no pasa ningún taxi libre, la desesperación va creciendo. Es consciente de que para llegar al sanatorio demorará una media hora en auto, imposible tomar un ómnibus.

Siente que la espera se agiganta, al igual que su desazón por el temor de que la niña pueda perder o pueda quedarle inutilizado su dedito.

Maite continúa desconsolada, presa casi de una crisis nerviosa, abrazada a su padre, recuerda la voz de su madre regañándola por el portón, temiendo otra reprimenda al volver a casa.

A esa altura de la noche una luz se aproxima en la calle casi desierta. Pedro siente que se le aflojan las piernas y se le nubla la vista.

Sin tener claro cómo, se ve dentro del taxi frente al sanatorio.

Corre hasta la urgencia donde se encuentra con un panorama poco alentador, hay varios niños accidentados. Vuelve a crecer la angustia y el temor, siente un dolor inmenso oprimiéndole el pecho.
Intenta calmar a la pequeña, le acaricia la cabeza y le besa los lagrimones.

Se da cuenta de que han descuidado una vez más a sus hijas, que la situación se vuelve tensa y agresiva entre ellos y olvidan a las niñas. Piensa que a la otra criatura no le pasó nada por estar en el coche, pero recuerda nítidamente su llanto.

La enfermera intenta calmarlos. La niña lo necesita tranquilo padre le dice con una ternura que se le ocurre un bálsamo.

Intenta sobreponerse. El llanto de Maite lo desespera y torna más impaciente.

La enfermera llama a la niña que grita horrorizada. 

Revisación y placas mediante le enyesan el dedito e inmovilizan todo el brazo.

Lo tiene quebrado en dos lugares acota serio el médico, que ordena sedarla para que no siga llorando.

Luego de dos horas salen padre e hija de la urgencia, abrazados. Pedro siente rabia y vergüenza al recordar lo ocurrido, el sentimiento de culpa sigue persistiendo. Pobrecita, piensa, no las merecemos a ninguna de las dos, ahora me espera otro calvario en casa.

No se equivocaba. Lo aguardaban improperios, agresiones, esa noche y cada vez que algo no salía como Rita, su esposa, quería.

Esto se tiene que terminar, se dijo a sí mismo.

Aun así, la separación demoró en llegar.

Hoy, Pedro, recuerda con tristeza aquel accidente, alegrándole que, a pesar de todo, la manito quedó perfecta.

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