sábado, 7 de mayo de 2016

Amelia




Victoria De los Santos
Por las calles de mi barrio camina una chica sin zapatos.
Por las noches se la ve, tratando de olvidarse de su vida.  
Mentía una y otra vez, con que estaba bien, y que todo cambiaría.
Siempre estaba en su melancolía, y eso a nadie le interesaba. ¡Podía estar muriendo!, que nadie a ella se acercaba. 
Más que sus lágrimas eran sus muñecas lo que importaba.
A nadie le importaba, pero su  peso en picada bajaba,
como las hojas de un árbol su cuerpo se marchitaba.
Vaya ilusos los que la ignoraban.
Con cada palabra ella más avanzaba, y su cuerpo tapaba.
No sé cuánto tiempo paso, un año o dos, pero ella allí siguió,
y no había quien la sujetara de sus brazos y la levantara. 
Pero ella un día escapó de los brazos de aquellos que no la veían.
Ella tan invisible, nadie se percató que de su cama salió y nunca regreso.
Para mi suerte un ángel cayó, era esa chica que nadie nunca amo.
Con  una mirada perdida y unos ojos que me decían:
¿cuándo esto terminaría? ¿Cuándo sería el día que esto se acabaría?
Decía que de su vida nadie la salvaría.
Que para qué gritar si nadie la quería escuchar.
Y en cada noche soñaba con quitarse la vida y a nadie le importaría.
Pero ella no sabe que yo sueño con rescatarla un día,
y cuánto me gustaría poder conocer su risa.
Que las almas buenas siempre van llenas de pena.
Y no hay risa que valga cuando a  un corazón lo dañan,  y
no hay dulce amanecer para a quienes no los saben querer.







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