sábado, 23 de junio de 2018

La mujer que se hizo humo

Ana Claudia Martínez

El día que le contó que tenía un amigo de humo no le creyó. Se dio cuenta por la rapidez de la respuesta. Nadie que sea franco con todo su ser responde en menos de un segundo. Esa complacencia solo nacía de evitar que se sintiera incómoda. Su intento de disimulo fue vano porque tras diez años de convivencia se conocían hasta la identificación de las flatulencias según el olor. Así de íntimos eran.
Supo que Marco no le creyó. Se sintió sola y desprendida. Un hilo invisible que los unía se rasgó con ese «sí» presuroso.
―¿En serio me crees? ¿No te parece raro? Vos siempre le das mil vueltas a las cosas, ¿cómo podes creerme de una que tengo un amigo que está hecho de humo? ―sentados en el sofá, gastado por apoyar cada día esos cuerpos obesos, apenas se rozaban porque les resultaba intolerable la transpiración del otro.
―Sí, en serio. No me preguntes cómo ni por qué, pero te creo. No es raro. En vos no es para nada raro –dio un mordisco a las galletas rellenas de chocolate que disfrutaba después de cada almuerzo.
―Claro, porque yo soy rara entonces no es raro que vea cosas raras. Te entiendo. Sos elemental gordito –buscó pelea porque ante la ausencia de amor tenía que llenar los espacios con algo y, en ese momento, en ese preciso instante, tenía el hambre saciada.
―No voy a entrar en ese juego. Te creo, punto.
Siguieron mirando la pantalla del televisor. El contenido poco importaba mientras hubiese algo que tapara la distancia que se había instalado entre ambos hacía ya algunos años.
Al principio intentaron buscar los motivos de sentirse desconectados y aburridos uno del otro, pero se cansaron de ir a terapia de pareja, sesiones de reiki compartidas, constelaciones familiares que les hicieron pelearse a cada uno con sus respectivos parientes, aún con los que ya estaban sin vida, y alguna otra alternativa que ya ni recordaban.
La comida chatarra siempre los había unido. Se conocieron estudiando gastronomía. Proyectaron abrir un restaurante pero ninguno obtuvo el título de chef. Se abocaron a la adicción que sentían el uno por el otro y abandonaron los estudios. La abulia atravesaba sus días, repetidos y monótonos, desde el segundo año de convivencia. Quizá lo que aún los mantenía juntos era compartir tres pizzas en la noche, cuatro litros de refresco y las sesiones de papas fritas con kétchup de las madrugadas. ¿Con quién más podrían compartir ese nivel de intimidad? No cualquiera se queda al ver que uno se arrastra en su propio chiquero.
―¿Querés que te lo presente? ―preguntó un día que llegó agotada de la jornada laboral. Trabajar como administrativa era lo último que hubiese querido hacer, pero se ajustaba a su estilo de vida. Ese cuerpo voluminoso solo podía resistir una jornada laboral de ocho horas si permanecía sentada y se le permitía tener un cajón lleno de snacks para el hambre atroz que la poseía a cada hora.

―¿Eh? ¿De qué hablas? ¿A quién? ―con el control de la tele en la mano buscaba un canal de gastronomía para aplacar el hambre que surgía en las entrañas.
―A mi amigo. Dice que si querés se te puede manifestar.
―¿Manifestar? ¿Me tiene que declarar algo? Hace un buen rato que venís hablando un poco extraño –no le miraba a los ojos y para Nuria eso era una clara demostración de rechazo.
―Hablo raro para vos. Mi amigo me entiende sin tanta vuelta ―sin explicaciones cerró la propuesta que no le aceptó y fue a sellar la angustia con una hamburguesa recién traída por el delivery.
Nunca habían tenido buen sexo pero intuía que con el paso del tiempo y conocimiento llegarían a mejorar. Los desencuentros sexuales fueron aplacados con helados de chocolate, tortas rellenas y postres que sustituyeran el dulzor de unos orgasmos rancios.
Dejó de mirarla cuando la balanza marcó los cien kilos. Desde ese día pasó a ser un bulto que llenaba de sombra la casa. Marco era tan voluminoso como ella, pero sentía una especie de castigo que, siendo mujer, se abandonara a los kilos extra. En él la «pancita» y «rollos» eran tiernos y, dentro de todo, permitidos por la familia y amigos, pero en ella era uno de los peores pecados cometidos desde el ejercicio de la prostitución de Maria Magdalena. Era cierto. Ella también se había prostituido. Había abandonado sus sueños para venderse a ese juego perverso de vivir para trabajar, aunque no le realizara en nada, y acatando mandatos de una vida «ordenada», dentro de una relación de pareja convencional. Eran infelices, pero obedientes.
Nunca lo hubiese imaginado, pero el amigo de humo, al que había bautizado como Roger, quiso empezar a tener sexo con ella. En las sesiones de espiritismo, que Marco no tenía conocimiento porque era de los que preferían negar la realidad cuando se sale de lo «tangible y controlable», apareció canalizado y expresó estar en el limbo. Aún tenía un asunto pendiente con la vida que debía resolver. Ella estaba como asistente y sintió el flechazo de inmediato. Por más que estuviese muerto, desde hacía varios siglos, mantenía intacta su belleza y magnetismo personal. El tono de voz grave y aplacado le sedujo de inmediato. Consciente de los límites que establecía los encuentros de espiritismo intentó reprimir su deseo. Pero cuando Roger se apareció en el rincón oscuro de la cocina supo que caería rendida a lo que él dispusiera. Estaba agotada de reclamar un poco de atención y sexo a Marco. Su autoestima cascoteada no soportaba una pedrada más de indiferencia. Lo que le pidiera Roger ella lo cumpliría aunque fuese un encuentro bizarro y poco compartible. Necesitaba sentirse querida, deseada, tenida en cuenta, que no la mirasen con desprecio o como si por estar tan gorda estuviese en falta, sintiéndose culpable de quién sabe qué delito; Roger, a través de la lejanía de la muerte le hacía sentir viva, presente y cercana, le encendía el sexo con mencionar su nombre o hacer su aparición varonil, aunque etérea, en cualquier rincón de la casa.
Con el paso de los días Marco la notó apartada, lejana y como metida en su propio mundo. Le hablaba y ella no contestaba. Se mostraba indiferente frente a lo que le contaba, pero lo que más le llamó la atención fue el desinterés abrupto por la comida. Lo único que los unía, y de eso era muy consciente aunque no hiciese nada con ello, era la desesperación por la comida. Pero ahora se planteaba cómo hacer con esta convivencia cuando no había sexo, miradas, conversación ni comida de por medio. El desierto estaba más poblado y vivo que ese espacio compartido entre los dos.
La ropa comenzó a quedarle holgada y se la veía radiante. Emanaba una luz que no era propia de esta existencia. Caminaba ligera y cargada de una energía desbordante. Cambió de trabajo y retomó los estudios, ya no de gastronomía, sino de licenciatura en turismo. Quería viajar y conocer el mundo. Estaba harta de estar tirada en un sillón, entre cuatro paredes comiendo pizzas junto a una planta que se consideraba ser humano.
El día que decidió dejarlo para iniciar una vida por sus propios medios se lo contó. La honestidad siempre fue su mentora y no se traicionaría ni siquiera en esta separación.
―Te lo quise presentar. Pero vos te negaste. Nunca te diste cuenta que yo estaba hecha humo. No existía. Me perdía entre tu mirada vacía y la ausencia de roce. Solo mi amigo de humo me dio lo que necesitaba ―depositó el que había sido su juego de llaves sobre la mesita ratona y tomó la cartera para partir con una nueva identidad.
―No lo habría visto igual. Yo no veo el humo. Lo huelo, en todo caso. Decís que tenía la mirada vacía, quizá por eso me negué a verlo, tal vez ya sabía que para mí no existía ni nunca lo haría – arrancó otro pedazo de pizza que dejó chorreando aceite en la remera vieja.
―Como vos digas ―dio la vuelta para abrir la puerta y le miró por última vez. Le vio en una soledad triste y resignada. Ya tenía su destino escrito aunque un mar de posibilidades se le desplegaran. ―Me tomo los vientos.
En el portazo de la despedida se disipó la intimidad compartida, el miedo de perder al otro, el deseo de cuidado hasta que la muerte los separara y aquella lejana sensación de que los dos habían sido tan sólidos como la madera de la cual emana el humo.


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